
El bloque de glicerina cruje seco cuando el cuchillo de cocina lo parte en dos, casi como si fuera vidrio delgado. Ese crujido es la señal de que empieza mi rato de jabones artesanales, la pausa que me tomo entre bocetos de ilustración. Aquí en Bogotá, entre semanas de encargos y pantallas, el aroma que elijo para mis jabones y mis velas de soja terminó siendo parte central de mi bienestar creativo, no un capricho decorativo, sino la manera en que reseteo la cabeza antes de volver al lápiz.
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Por qué el aroma manda en mi bienestar creativo
Todo arrancó en 2020, cuando el encierro me dejó sin nada que tocar que no fuera un teclado. Ilustro para vivir, así que mis manos pasan el día sobre una tableta digital, y en algún momento necesitaban otra textura. Ahí llegué a los jabones de glicerina, sin ninguna intención de venderlos ni de montar nada — solo por el gusto de ver un bloque sólido volverse líquido y después tomar forma en un molde. Tres años más tarde, una amiga me regaló un kit de velas y desde entonces tengo la cocina llena de frascos que se supone iba a usar "pronto".
Lo que aprendí rápido es que el olor de lo que hago cambia por completo mi capacidad de concentrarme después. Un aroma equivocado me saca del boceto en vez de ayudarme a volver a él, y con Miga —mi gata caramelo— vigilando cada movimiento desde algún mueble de la cocina, también aprendí que lo que huele bien para mí no siempre es seguro para ella. Esa combinación, aroma que calma y aroma que no le hace daño a un animal en la casa, es el filtro real que uso ahora para decidir qué mezclo.
Cuándo un aroma se convierte en un problema
Hubo una entrega de un libro infantil, hace ya un tiempo, en la que necesitaba algo que me despertara para terminar a tiempo. Mezclé eucalipto y menta sin medir demasiado, confiando en que si olía bien en el frasco iba a oler mejor en el jabón. No fue así. El estudio pasó de oler a taller de dibujo a oler a algo entre farmacia vieja y sala de vapor, me lloraban los ojos frente a la pantalla y Miga no paraba de estornudar desde la puerta, mirándome con una cara que dejaba clarísimo su desacuerdo.
Ese día terminé leyendo sobre aceite esencial hasta tarde, y entendí que hay un límite razonable de cuánto se le puede echar a una base antes de que deje de ser agradable y se vuelva agresivo — para la nariz y, en mi caso, también para la gata. Aceites como el eucalipto o el árbol de té, que a mí me encantan en difusor, resultan bastante menos amigables cuando hay una mascota cerca todo el día. Desde ese jabón fallido dosifico con mucha más cautela, aunque sigo sin usar gramera para todo, algo que sé que debería corregir.
El termómetro que marcaba diez grados de menos
La otra lección me la dio un termómetro de cocina común, de esos que ya traía de antes para hacer dulces. Lo usé para controlar la temperatura de la glicerina antes de echar el aroma, confiando en que un termómetro es un termómetro. Resulta que ese marcaba como diez grados menos de lo real, así que cada vez que creía estar en el punto seguro para verter la fragancia, en realidad seguía demasiado caliente — y el aroma se evaporaba casi por completo antes de que el jabón cuajara. Terminé con varios bloques bonitos pero completamente inodoros, lo cual, para un jabón pensado para perfumar mi escritorio, es un fracaso bastante irónico.
Después de perder tres o cuatro intentos así, terminé buscando ayuda por fuera de mi ensayo y error. Fue cuando le di una mirada al Curso de Velas de Soja Aromáticas Paso a Paso, que me sirvió, sobre todo, para entender por qué mis primeras velas no soltaban nada de aroma al encenderlas, aun cuando el frasco de esencia olía carísimo de fuerte. Ya conté con más calma esa parte en lo que aprendí en el curso de velas de soja aromáticas paso a paso, si te interesa esa parte más de velas que de jabones.
Los jabones artesanales que sí se quedan en mi rotación
Con el tiempo llegué a una zona de confort bastante clara: notas cítricas suaves y maderas ligeras, nada que grite. La bergamota con un toque de vainilla es mi combinación de cabecera, dulce pero fresca, y a Miga parece no importarle en lo más mínimo. La lavanda, siempre que sea de buena calidad y bien diluida, funciona de maravilla en los días de trabajo repetitivo, cuando estoy ordenando archivos más que dibujando. El cedro es distinto: siento que estoy en otro sitio sin salir del apartamento, algo que agradezco en las tardes de encierro frente a la pantalla.
Marcela, una colega ilustradora que se volvió velera aficionada, me manda notas de voz larguísimas comparando ceras y frascos cada vez que prueba algo nuevo — tiene más suministros guardados de los que podría gastar en un año entero, y aun así sigue comprando. Con ella comparo notas casi tanto como con mi propia nariz, sobre todo cuando un aroma que me encantó en jabón se siente completamente distinto una vez derretido en cera.
De la glicerina a las velas de soja: otro ritmo, otro aroma
Aunque empecé por los jabones porque mi abuela siempre hablaba de sus recetas caseras de jabón, que dicho sea de paso nunca logré recuperar, las velas de soja se ganaron su propio espacio en mi escritorio. Tienen una pausa que el jabón no tiene: la cera pide tiempo para reposar, la mecha hay que cortarla con cuidado, y no hay forma de apurar ese proceso sin arruinarlo.
Guardo memoria clara de una vela que saqué del molde y me quedé mirando un buen rato: la superficie estaba completamente pareja, sin ese hueco hundido en el centro que me sacaba tanto la piedra en mis primeros intentos, y sin ninguna mancha de cera mal fundida alrededor de la mecha. La dejé sobre el escritorio solo para mirarla mientras se me enfriaba el café. Ese mismo fin de semana caminé hasta La Macarena a buscar unos frascos de vidrio en una de esas tiendas pequeñas de artículos usados, y terminé encontrando también un par de tazas viejas que ahora son moldes de vela.
Si te gusta esa idea de reciclar objetos con historia, tengo contado con más detalle cómo hacer velas en tazas de cerámica vintage para decorar la casa, que es de las formas más bonitas que he encontrado de darle una segunda vida a piezas así. Y si eres de las que prefiere ir oliendo y probando sobre la marcha en vez de seguir una fórmula exacta, ahí está también mi método para aromatizar velas de soja sin usar báscula de precisión, que no es lo más riguroso del mundo pero me ha funcionado bien en tardes de sábado sin ganas de pesar nada.
Vale la pena tanto ensayo
Lo que me queda después de tantos jabones fallidos y velas dispares es una regla simple que aplico antes de mezclar cualquier cosa nueva: primero pienso en cómo me hace sentir el aroma a mí, y después en si es seguro para Miga, y solo si pasa las dos pruebas lo dejo entrar a mi rotación. Mi prima Adriana, que se entusiasma con cualquier cosa hecha a mano pero no tiene paciencia para esperar el curado, siempre quiere llevarse algo del lote todavía tibio — y siempre tengo que explicarle que no, que toca esperar.
Cuando quiero salir de mi rutina y probar formas distintas para mis piezas, reviso de vez en cuando el SUPER COMBO ARTESANAL 3 EN 1, que tiene ideas que no se me ocurrirían sola entre boceto y boceto. No hace falta tener todo resuelto para empezar — el mejor jabón, muchas veces, sigue siendo el que uno hace solo por ver cómo el color se disuelve en la glicerina. ¿Y tú, tienes algún aroma que te ayude a concentrarte, o alguno que tu mascota simplemente no tolera? Cuéntame, que aquí siempre hay espacio para otra historia de cocina y manualidades.