Velas sin cráteres, por fin
Tengo los dedos cubiertos de cera todavía tibia y llevo un buen rato limpiando la mesa de mi cocina en Bogotá con una espátula vieja, mientras Miga, mi gata caramelo, vigila desde la esquina como si el proceso completo dependiera de su aprobación. Saco las velas de sus frascos una por una, las giro contra la luz de la ventana para revisar la superficie, y por primera vez en mucho tiempo no encuentro ni un hueco cerca de la mecha ni esa mancha rara que antes me hacía suspirar. Algo cambió, aunque no sabría señalar el momento exacto en que dejé de improvisar con la cera de soja y empecé a entender de verdad lo que tengo entre las manos.
Nada de esto se sintió así al principio. Cuando empecé a meterle mano a las velas, después de los jabones, en mi cabeza esto era apenas otra manualidad más de tardes bogotanas, sin pensar que algún día terminaría haciendo velas de manera casi profesional. Recuerdo haber leído por curiosidad sobre el punto de fusión de la cera y haber cerrado esa pestaña a los dos minutos porque sonaba a tarea de química — a mí me interesaba el resultado, no la fórmula. Ese desinterés inicial fue justo lo que me tuvo meses estancada, produciendo velas que se veían bonitas sobre la mesa y quedaban mal apenas las encendía.
Casi arruino un regalo por un cráter en la cera
Diciembre fue el punto más bajo. Estaba preparando un puñado de velas para regalar y, cuando ya casi las tenía todas envueltas, noté que una se había hundido justo alrededor de la mecha, con un hueco que parecía un pequeño cráter en medio del frasco. Me dio pena — sentí que estaba regalando algo a medio terminar, aunque seguramente nadie más lo hubiera notado tanto como yo.
Por esas mismas semanas cometí otro error que todavía me da risa: encontré un aceite de fragancia pensado para repostería, de esos que huelen a algo dulce recién horneado, y lo usé pensando que cualquier aroma serviría igual dentro de la cera. No sirvió — la vela terminó oliendo raro al quemarse, casi empalagosa, nada parecido a lo que prometía el frasco. Con el jabón me pasó algo parecido en su momento; hace tiempo conté por qué el jabón de glicerina suda y cómo evitarlo fácilmente, y las velas tienen su propia versión de esas mañas de material.
Empecé a mirar la cera con otros ojos
Con el cráter todavía fresco en la memoria, empecé a bajar el ritmo. Antes derretía la cera pensando en cualquier otra cosa — un boceto pendiente, la respuesta que le debía a un cliente de ilustración — y la vertía casi sin mirarla. Ahora me quedo un rato más cerca de la jarra, prestando atención a cómo cambia el color y la textura de la cera de soja mientras se derrite, algo que antes ni siquiera registraba.
Los domingos, mientras hago esto, casi siempre aparece Camilo, mi vecino del cuarto piso, que aprovecha la luz de mi cocina para fotografiar sus bodegones. Llega con pandebono o almojábanas del panadero de la esquina y, aunque la sesión de fotos dure apenas diez minutos, se queda un buen rato más tomando café y opinando sobre cómo van mis frascos. Esa costumbre suya de no irse nunca a la hora prevista se volvió parte del ritual de esos sábados y domingos con la cera.
Aprendí a revisar cada frasco con atención
El aceite de repostería no fue el único tropiezo, pero sí el que más me enseñó a leer con calma cualquier frasco antes de comprarlo, aunque siga confiando más en el olfato que en cualquier instrucción escrita. Ya no compro algo solo porque huele bien en la tienda; primero pienso en si tiene sentido para lo que quiero lograr con esa vela en particular.
Hace poco recibí un mensaje de Felipe, un lector que escribe seguido desde el formulario del blog. Me contó, en tres mensajes separados el mismo día — cada uno preguntando casi lo mismo con palabras distintas — que empezó a hacer jabones después de leer un par de entradas mías y que ahora se anima también con las velas. Contestarle me hizo pensar en cuánto ha cambiado mi propia manera de hacer esto desde que arranqué con el primer kit que me regalaron.
Dejé de apurar el proceso y todo cambió
Ahora, antes de verter, dibujo un poco en mi libreta, dejo que Miga se acomode en la canasta de trapos de la esquina, y espero el tiempo que haga falta en lugar de apurarme porque ya quiero ver el resultado. Ese momento de vertido lento, mirando cómo la cera cae sin apuros dentro del frasco, se volvió casi mi parte favorita del sábado.
La fila de velas en mi repisa ya no me da vergüenza mostrarla. Se ven parejas, con la superficie lisa, como si las hubiera comprado en alguna de esas tiendas de decoración de La Macarena en lugar de haberlas hecho yo, en mi propia cocina. Hace un tiempo conté ese primer tramo torpe del camino en lo que aprendí al hacer velas artesanales con mis propias manos, cuando ni siquiera sabía qué estaba haciendo mal.
De aficionada a experta, sin volverlo negocio
Pienso a veces en las recetas de jabón de mi abuela, hechas sin termómetro y sin ningún curso de por medio, solo con la práctica repetida de muchos sábados. Yo he necesitado apoyarme más en la técnica para llegar a ese mismo tipo de confianza con las manos; en otra entrada dejé anotadas algunas pistas sobre los mejores cursos de velas y jabones artesanales para principiantes hoy, por si alguien más anda con ganas de dejar de improvisar tanto como yo al principio.
Pasar de aficionada a experta no significó abrir una tienda ni ponerle precio a mis sábados. Significó aprender a detenerme antes de verter, a no apurar el enfriamiento, a confiar en lo que mis propios ojos ya reconocen sin necesidad de explicármelo con palabras técnicas. Esta tarde, mientras afuera empieza a lloviznar y Miga se acurruca cerca del frasco más nuevo, entiendo que esa paciencia — más que cualquier fórmula — es lo único que de verdad cambió.