
Afuera el cielo de Bogotá tiene ese color gris panza de burro que avisa que no va a parar de llover en toda la tarde, y la verdad, no me importa nada. Tengo la mesa del comedor llena de pedazos de glicerina transparente, unos pigmentos que parecen polvos de hadas y a mi gato sentado sobre mis bocetos, mirándome con esa cara de juicio que solo él sabe poner. Empecé con esto de los jabones por puro accidente en 2020, buscando algo que hacer con las manos mientras el mundo se detenía, pero lo de las capas... ay, lo de las capas ha sido mi cruz y mi gloria. Al principio, cada vez que intentaba hacer algo con más de un color, terminaba con un bloque de un tono café turbio espantoso porque todo se me mezclaba.
Me acuerdo mucho de un sábado lluvioso de noviembre, hace ya unos meses. Quería hacer un diseño de arcoíris, algo muy geométrico y limpio, muy de ilustradora. Pero entre que me puse a hablar por teléfono con una amiga y que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, la capa roja se fundió con la blanca. Fue una tragedia pequeña en mi cocina: la decepción de ver cómo esa capa roja se fundía con la blanca, creando un rosado pastoso que arruinó por completo el diseño geométrico que yo ya me imaginaba en una vitrina. Me sentí como cuando se me corre la tinta china sobre un dibujo que ya casi estaba listo. Pero bueno, así es como uno aprende, ¿no? A punta de jabones que parecen plastilina derretida.
El misterio de por qué las capas deciden divorciarse
Durante las vacaciones de diciembre, mientras todo el mundo estaba en modo fiesta, yo me obsesioné un poquito con entender por qué mis jabones se separaban. No había nada más triste que desmoldar un jabón de tres colores y que la capa de arriba saliera volando por un lado y la del medio por el otro. Parecía que se hubieran peleado. Mi abuela, que siempre tenía recetas para todo, me decía que era el clima de la ciudad, que la humedad de los cerros orientales no dejaba que el jabón pegara bien. Pero yo sabía que había algo más, algo que se me estaba escapando entre los dedos.
Fue entonces cuando decidí dejar de adivinar. Había visto una oferta de formación de esos cursos que te enseñan todo desde cero —un 3x1 que me pareció una señal del universo— y me puse a estudiar en serio en los ratos libres entre entrega y entrega de ilustraciones. Me di cuenta de que mi error era la impaciencia. Yo esperaba a que la primera capa estuviera dura como una piedra antes de echar la siguiente, pensando que así no se mezclarían. Error de principiante. Resulta que si la capa de abajo está demasiado fría y seca, la nueva no tiene de dónde agarrarse. Es como intentar pegar dos trozos de vidrio con agua; se sostienen un momento y luego, ¡pum!, al suelo.
En ese curso aprendí que el secreto es el alcohol isopropílico. Pero no cualquier alcohol que uno tenga por ahí, sino uno con una concentración del 70%. Ese es el número mágico. Actúa como un pegamento invisible que rompe la tensión superficial. Unas semanas después de empezar el curso, empecé a notar la diferencia. Ya no era solo echar el líquido por echarlo; era entender el momento exacto en que la glicerina te pide que sigas trabajando.
La danza de la temperatura: ni muy fría ni muy brava
Aquí es donde la cosa se pone interesante y un poquito técnica, aunque yo prefiero guiarme por cómo se siente la jarra en la mano. Lo ideal, según lo que anoté en mi cuaderno de manchas de jabón, es que la temperatura de vertido recomendada para evitar la fusión de capas esté entre los 50-55°C. Si está más caliente, vas a derretir lo que ya hiciste y terminarás con ese color turbio que tanto odio. Si está más fría, se te va a empezar a hacer una nata arriba antes de que termines de verter, y el acabado va a quedar lleno de bultos, como una pared mal pintada.
Hace una tarde gris, hace como un mes, estaba probando un diseño de capas diagonales. Tenía mi termómetro a mano, pero sobre todo tenía paciencia. El truco que realmente cambió mi juego no fue esperar a que la capa inferior solidificara completamente, como dicen muchos tutoriales genéricos de internet. Olvídate de eso. Verter el jabón estando todavía tibio y un poquito viscoso es lo que realmente evita que las capas se separen al desmoldar. Es como si las moléculas se dieran la mano antes de irse a dormir.
Yo me quedo mirando la glicerina en la jarra, dándole vueltas despacio con mi cuchara de madera (que ya solo sirve para esto, obvio). Cuando veo que ya no sale tanto vapor y que la mezcla se siente un poquito más pesada, pero sigue fluyendo como miel tibia, ese es el momento. Si esperas demasiado, el jabón empieza a 'sudar' o a crear una barrera que rechaza lo nuevo. De hecho, si alguna vez te has preguntado por qué el jabón de glicerina suda y cómo evitarlo fácilmente, muchas veces tiene que ver con esos cambios bruscos de temperatura o con dejar las capas expuestas al aire de Bogotá por demasiado tiempo sin protección.
El siseo del atomizador y el ritual del raspado
Hay un sonido que ahora es música para mis oídos: el ligero siseo del atomizador de alcohol. Es un sonido limpio, seco. Y lo mejor es que el aroma a lavanda que le pongo a la mezcla se intensifica de una forma deliciosa cuando el jabón tibio toca el molde y recibe ese rocío de alcohol. Es como un spa minúsculo en mi cocina. El alcohol al 70% no solo quita las burbujas molestas que quedan arriba (esas que parecen espuma de café mal hecho), sino que prepara la superficie para recibir a la siguiente capa.
Pero espera, que hay otro truquito que aprendí por las malas. A veces, aunque uses alcohol, las capas se ponen rebeldes. Así que ahora, antes de verter, rallo muy ligeramente la superficie de la primera capa con un palillo o un tenedor pequeño. No es destrozarla, es solo hacerle unos caminitos, unas texturas mínimas. Luego rocío el alcohol y, ahí sí, vierto la segunda capa. Ver cómo esa segunda capa se asienta perfectamente sin derretir la anterior es una de las cosas más satisfactorias que me han pasado últimamente. Es casi tan bueno como terminar una ilustración difícil a la primera.
Y entonces, cuando ya tienes todas tus capas puestas, viene la parte más difícil para alguien tan ansiosa como yo: no tocar el molde. Mi gato siempre intenta acercarse a oler, y yo tengo que estar ahí, cual guardia de museo, protegiendo mis jabones. Lo ideal es dejar que se enfríen a temperatura ambiente. Nada de meterlos al congelador para apurar el proceso; eso solo hace que el jabón se estrese y termine opaco o con grietas. La glicerina necesita su tiempo para asentarse, igual que uno necesita su tiempo para que le salga bien una receta de la abuela.
El corte final: cuando el caos se vuelve arte
El momento de la verdad siempre es el corte. Después de casi todo el sábado esperando, cojo mi cortador y... ¡zas! El corte final del jabón revela líneas nítidas y vibrantes. Es una sensación increíble. Me recuerda que incluso en mis pasatiempos más lentos, un poco de técnica transforma el caos en algo hermoso. Ya no hay colores mezclados, ya no hay capas que se despegan. Solo hay un bloque sólido que parece una joya geométrica.
A veces me pongo a pensar que si no hubiera tenido esa frustración inicial con el jabón café rosado, nunca me habría tomado en serio lo de aprender la técnica. A veces uno necesita que las cosas salgan mal para querer hacerlas bien. Si te pica la curiosidad y quieres empezar este camino sin cometer mis mismos errores de principiante, te cuento que hay formas geniales de cómo aprender a hacer velas y jabones desde casa este fin de semana, aprovechando esos momentos de quietud que todos necesitamos.
Al final del día, mis jabones terminan en un canasto cerca de la ventana, reflejando la poca luz que queda del atardecer bogotano. No los vendo, no tengo una marca, pero regalárselos a mis amigas y decirles "mira estas capas, me tomó todo el sábado hacerlas" es el mejor pago. Es mi forma de decir que, aunque el mundo afuera sea un caos de lluvia y tráfico, aquí adentro, en mi cocina, las cosas tienen un orden, un color y un aroma a lavanda que lo cura todo.