
La cera de soja que uso para los moldes geométricos es bastante más dura que la de mis velas en frasco, tanto que fría, antes de desmoldar, casi se siente entre los dedos como un jabón sin terminar. Llevo un rato metida en esto de las velas artesanales para decorar mi taller en casa (que en realidad es la cocina de mi apartamento en Teusaquillo, convertida a medias en estudio de ilustración), y desde que aparecieron los primeros cubos y pirámides sobre mi escritorio, el chat de artesanas de Bogotá no ha parado de mandarme preguntas sobre moldes geométricos, cera de soja y cómo se supone que una decora una oficina en casa sin que termine pareciendo tienda de regalos. Voy a responder acá las que más se repiten, con calma, como si estuviéramos sentadas alrededor de la misma mesa viendo enfriar algo.
Preguntas que me hacen en el chat de artesanas
Cecilia Restrepo, que es de las más organizadas del grupo, siempre manda foto del jabón todavía en el molde antes de desmoldarlo para preguntar si ya es hora — es su costumbre desde que la conozco. Esta vez la pregunta no era sobre jabón sino sobre los bloques de cera alineados junto a mi monitor, y ahí pensé que valía más escribir esto de una vez por todas que seguir respondiendo lo mismo veinte veces distintas.
¿Por qué cambiarme a moldes geométricos si ya tenía resueltas mis velas en frasco?
Otras compañeras preguntan directamente por qué me metí con moldes si ya tenía resuelto lo de las velas en frasco. La respuesta corta es que mi escritorio pedía otra cosa: algo con esquinas, con estructura, que contrastara con el desorden de los bocetos y las manchas de acuarela regadas por todos lados. Con los frascos, si la cera queda un poco blanda no pasa nada porque el vidrio la sostiene; con una pirámide o un cubo, si la mezcla no tiene suficiente cuerpo, el resultado se desinfla apenas sale del molde y no aguanta ni media tarde de pie. No tengo termómetro digital de esos profesionales, así que me guío por el color de la cera, y ya conté algo de esta diferencia en mi primera tanda de velas en moldes con formas creativas, aunque esta vez la exigencia era mayor porque buscaba líneas rectas de verdad.
¿Qué pasa si el molde no suelta bien la vela?
Seguí un tutorial de YouTube casi al pie de la letra la primera vez, sin entender que cada base —de jabón o de cera— tiene sus propios tiempos de reposo antes de poder desmoldarse. Me gané una esquina rota en una de las pirámides por impaciente. Si la vela no sale limpia casi nunca es culpa del molde en sí: es que una quiere ver el resultado antes de que la mezcla termine de asentarse del todo, y ahí es donde se arruinan los ángulos que tanto costó lograr. Mi regla desde entonces es simple: si tengo la mínima duda de si ya está lista, espero una hora más de la que mi ansiedad me pide. Para los casos en los que la pieza se resiste de verdad, tengo apuntados estos trucos para desmoldar sin romper nada que me han salvado más de una tarde.
Miga, mi gata color caramelo, audita cada vertido desde la silla de al lado, con los bigotes tiesos y los ojos entrecerrados por el vapor de la cera, como si desconfiara de mi pulso. Un domingo en la tarde, la luz entraba sesgada por la ventana sin cortina que da al patio interior y caía justo sobre uno de los moldes recién llenados, marcando burbujas diminutas que no había notado al verter. Se me vino a la cabeza, sin venir mucho al caso, la primera vez que desmoldé un jabón que me había quedado casi perfecto: pasé el pulgar por esa superficie cuatro veces seguidas, sin poder creer que algo mío pudiera salir tan liso.
El frosting no es un error, es parte del proceso
Esas manchitas blancas que parecen escarcha y que salen justo en las aristas de los moldes con ángulos marcados me frustraban muchísimo al principio. Pensaba que había hecho algo mal, o que la cera ya estaba vieja. Con el tiempo entendí que es algo propio de este tipo de cera vegetal y que no tiene arreglo real, solo maneras de disimularlo: calentar un poco el molde con el secador de pelo antes de verter ayuda a que las caras planas queden más parejas, aunque las aristas casi siempre se van a marcar de todos modos. Ahora, en lugar de pelear contra eso, dejo que las marcas se vean. Le dan a cada pieza un aire distinto al de la anterior, y en un escritorio lleno de bocetos a medio terminar, esa imperfección encaja mejor que un acabado de fábrica.
¿Cómo elijo el aroma para un escritorio y no para dormir?
Mi abuela decía que el olor a limpio ayuda a pensar, aunque ella se refería al jabón de tierra que hacía en el patio de su casa, no a nada de esto. Para el escritorio busco algo que despierte, no que arrulle, así que terminé quedándome con el sándalo casi por descarte: probé un par de aromas más dulces y terminaban compitiendo con el olor a grafito de mis lápices en lugar de acompañarlo. Dosificar bien el aceite es todo un tema aparte que ya conté con calma en otra entrada, así que aquí solo diré que voy agregando gota a gota hasta que el olor me rodea sin noquearme, nunca de una sola vez ni al ojo.
Pilar, mi amiga desde primer semestre de la carrera, me mandó hace poco un rollo de papel que compró sin necesitarlo — es su costumbre, cae en la tentación con papeles y telas bonitas y después no sabe qué hacer con ellos, así que termina regalándolos. Usé un pedazo para forrar la base de una de las velas piramidales antes de regalarla, y quedó con un aire que ningún molde por sí solo le habría dado.
Decorar la oficina en casa sin perseguir la perfección
Un sábado que salí a despejarme caminando por el Parque El Virrey, en Chapinero, iba pensando en que mi escritorio empezaba a parecer un render de computadora: puros cubos idénticos, ángulos matemáticamente exactos, nada fuera de lugar. Volví convencida de que eso era justo lo que no quería. Demasiadas líneas rígidas frente a mí mientras intento dibujar algo fluido terminan por generarme una fatiga rara, como si la vela me exigiera la misma perfección que le exijo a un boceto y no me dejara soltar la mano.
Si están por meterse en esto de los moldes geométricos, mi consejo después de seis años entre jabones y cera es no obsesionarse con que la primera pieza salga como la de la foto de la caja: prioricen una o dos piezas con algo de asimetría o marca propia por encima de un ejército de copias idénticas, porque son esas las que de verdad conversan con el desorden de un espacio creativo.
Mi rincón de trabajo, con luces y un poco de desorden
Hoy mi escritorio tiene marcas de dedos, algo de escarcha blanca en las aristas y, casi seguro, algún pelo de gata que se coló en la mezcla, y sigue siendo, de lejos, el rincón que más me gusta de todo el apartamento. Esto tampoco se aleja tanto de lo que ya había notado sobre las manualidades y mis tardes de sábado: el objeto termina importando menos que el rato que me tomó hacerlo, y las preguntas del chat siempre vuelven, de una forma u otra, a esa misma idea.